
(Un cuento de Melisa Valdez Caballero, 2011)
Aquí, por el siglo XXI, ronda y ronda una extraña persona. Y no digo persona extraña porque todos la conocen. Pero, es extraña, porque además de vivir, deambula pensando en salvar el mundo, noble tarea! ¿Y en el siglo XXI? - infructuosa vocación.
La extraña es una audaz profesional, sus padres viven orgullosos porque toda su vida se ha dedicado, además de vivir, a estudiar y trabajar. Uf, qué cansancio. Los enamorados esperaban; las fiestas, ni qué decir, pero cuando las diversiones llegaron las disfrutó grandemente, sin excesos ni limitaciones. Es que cuando hay formación en casa, los placeres de la vida no nos hacen pecar y menos contra uno mismo.
Sin embargo, al no existir la receta mágica del buen vivir, Luciana se enamoró del peor de los amores – sí- de esos que deben descartarse ipso facto. ¡Qué se expectoran inmediatamente Luciana!Pero, no entendió, porque no solo quería salvar el mundo, sino que en su inmenso y noble corazón de lechuga, su amor la volcó a querer solucionar los problemas de este desenamorado hombre. Con esto, dejó de ser, temporalmente, el retoño orgullo de sus progenitores para convertirse en la migraña. Ni un excedrin paleaba tal jaqueca.
Por varios años, Luciana fue víctima de maltrato emocional y físico; perdió confianza en sí misma, los insultos y las bofetadas le presentaban un mundo breve e insólito. No existían alternativas de nada, la soluciónla tenía ella, pues.
Insólitamente, cierta vez despertó en ella un gusto enorme por los tiburones; además, soñaba con criar ratas y tener un álbum de plantas venenosas. Causó un gran desconcierto cuando se le vio sentada en uno de los paraderos horribles llenos de tierra de San Juan de Lurigancho buscando arañas con un palito de anticucho. Evidentemente, Luciana ya se había convertido en un caso patológico que podía terminar en suicidio. Sin embargo, el trabajo de sus padres por un poco más de veinte años daría sus frutos.
Luciana reaccionó.
Después de haberla acusado de coquetear mientras él “compraba”, después de que ella gritara a voz en cuello: “!Soy inocente!”… corrió a la carnicería, asaltó entre los pasantes y vendedores, le arrebató el arma al impiadoso joven carnicero y amenazó al desgraciado de que no le importaría arruinar su vida si de eso dependía que la dejara en paz.
Afortunadamente, a Luciana le sirve la cabeza para pensar; a otras, para enroscarse el pelo.
En fin, valió el susto y ella se marchó, no sin antes declarar a la policía que el hombre estaba ebrio, con el SOAT vencido y que aún no había pasado por la revisión técnica.
- ¿Y, Luciana?
- ¿Hasta cuándo?
- Tienes razón muchacha, por fin la tienes, hombre! Tú no mereces esto.
Habrá muerto, no sé. Pero, la extraña filántropa ahora goza de sus éxitos, aunque todavía no vence del todo la vergüenza de entrar a Metro, pues entenderán que su fotografía está pegada en la puerta como una peligrosa asalta machetes, usurpadora de finos cortes de res. Por Dios, menos mal que en Minka no tiene restricciones.
- ¡Tengan cuidado!
- No, mentira!